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lunes, 17 de mayo de 2010

Por el bien del súbdito se hace lo que sea




Hacia 1832, el Rey Felón venía a decir lo siguiente:

Yo, Fernando VII, Rey de España, declaro prohibida la pena por ahogamiento por soga de horca vigente hasta ahora en todos los territorios.

Para celebrar el feliz alumbramiento de la Reina, mi amada esposa, ordeno y mando que a través de esta Real Cédula se ejecuten de inmediato las penas de muerte por el sistema del garrote que podrá ser ordinario, noble o vil.


Elijo este aparato por ser eficaz medio además de más humanitario y rápido que el anterior.


Con reyes como éste, tan amante de sus súbditos, ¿quién necesita enemigos?

miércoles, 8 de julio de 2009

La muerte de un rey (y no es del pop, aunque también con ayuda médica)


Estoy leyendo un libro sobre una reina de España, Los amantes de Isabel II, mujer de la que ya comentamos en clase que tuvo una vida amorosa digamos algo "turbulenta". Pero la anécdota que os voy a referir es a propósito de la muerte de su padre. Fernando VII, considerado como el peor monarca español y reaccionario de pro: a modo de curiosidad recordaros que Napoléon cuando invadió España retiró la Inqusición y Fernando VII cuando regresó la volvió a instaurar (en pleno siglo XIX).

Pero bueno, de lo que íbamos a hablar es de la muerte de este "buen señor". Cedo la palabra a Manuel Barrios, autor del libro:


La vida del Rey se apaga definitivamente el 29 de septiembre de 1833. Días antes el parte médico de Palacio dictaminaba, con un cierto y seguramente involuntario humo negro, que el monarca padecía "gota en los riñones, hernia vieja, algo de retención de orina, no puede andar y van en sillón, pero por lo demás del cuerpo y cabeza está muy sano (Jolines, sólo le falta decir que estaba en la Gloria) (...).
Al sufrir el rey el ataque de hemiplejía que le conduciría a la tumba, ordenaron los médicos un paseo atado al asiento del coche real, pues alentaban la esperanza de que el traqueteo del carruaje, provocado por las pésimas condiciones del empedrado, le aliviara la circulación sanguínea. Lo cierto es que, al término del viaje, hubo de trasladarse a Fernando VII en un sillón hasta el lecho, del que ya no volvería a levantarse.


Con médicos como estos a ver quien necesita enemigos (por mucho rey que seas).